Meditar no requiere dejar la mente en blanco. Podemos comenzar aprendiendo a observar lo que ocurre, con curiosidad y sin juicio.
Prepará tu espacio
Buscá un lugar donde puedas estar unos minutos sin interrupciones. Sentate de forma cómoda y estable. Podés dejar los ojos abiertos con una mirada suave o cerrarlos si te resulta agradable.
Percibí tu respiración
Notá el aire al entrar y salir. No hace falta cambiar su ritmo. Sentí los puntos de contacto de tu cuerpo con la silla o el suelo.
Volvé con amabilidad
Cuando aparezcan pensamientos, sonidos o sensaciones, reconocelos. No hay nada que corregir. Podés regresar suavemente a la respiración cuantas veces necesites.
Cerrá la práctica
Antes de moverte, observá cómo estás. ¿Qué cambió, si es que cambió algo? Llevá esa observación a una acción pequeña de tu día.
“No hay una experiencia correcta. La práctica es volver a prestar atención.”